Un virus es una entidad que se propaga con las personas, sus huéspedes. Si las personas no se mueven el virus no se mueve y termina el contagio y el ciclo viral. Lamentablemente vivimos en una sociedad en constante movimiento, donde la economía es el motor de la sociedad y donde el día a día de las personas depende que dicho motor esté en constante movimiento. Los virus están diseñados en ese sentido para propagarse como una bomba de tiempo cuya constante explosión en cada contacto e interacción humana está prácticamente garantizada. Una cuarentena es el intento de detener dicha propagación pero su éxito es inversamente proporcional al rango de la población vulnerada por la enfermedad. Si nos referimos a una pandemia, osea a la población mundial alcanzada en su totalidad a nivel global, su éxito será muy relativo, pues en ese caso el colapso de la economía va a limitar el rango de tiempo de la duración de dicha cuarentena, y siguiendo el principio de la necesidad de la interacción humana, las personas van a moverse tarde o temprano para poder generar sus ingresos económicos y poder hacer sus gastos básicos de subsistencia, pero además, inmersos en una cultura consumista, poder consentirse diversos caprichos. Así mismo, la represión de la necesidad de salir al aire libre, distraerse, distensarse, ejercitarse y socializar, constituye un factor crítico adicional para la cuarentena, por implicar una carga psicológica y repercutir enormemente en el estado de ánimo y la salud mental. Por ello, la respuesta humana ante una pandemia es agónica, paupérrima, inestable, con síndromes de abstinencia, con alta carga de miedo, ansiedad y pánico delirante, insertada en un escenario apocalíptico.
Además justamente es en ese escenario donde se depende sobretodo de la medicina, la ciencia y la investigación biotecnológica, paradógicamente que suele ser muy maltratada y tenida en el olvido por la economía y la sociedad. Es en estos momentos críticos de pandemia donde todo se desnuda y se ve que la sociedad necesita de una respuesta inmediata en investigación y desarrollo.
Por último, artificios como equipos de protección personal (EPPs), agentes biocidas de limpieza y desinfección, entre otros, son paliativos planteados por la industria para proponer la reactivación de la actividad humana y de su economía, generando una contaminación cruzada altísima, tanto por los desechos plásticos generados, como por los daños colaterales por el uso de químicos corrosivos sobre el medio ambiente y atentando incluso contra la misma salud humana. No es sorpresa que el hombre responda con una producción masiva de estos productos que son armas de doble filo y que su delirio consumista lo lleve a blindarse compulsivamente con ellos, buscando una seguridad temporal pues está en una guerra donde tiene, lo quiera o no, los días contados, no sólo por las infecciones virales de una pandemia sino porque él mismo no aprende aún a responder de manera sostenible a un problema que trasciende a los virus y lo pone cara a cara frente a su propia agonía.

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